LA REALIDAD QUE SUPERO EL SUEÑO

Corría el año de 1974, disfrutaba de mi octavo onomástico y soñaba todo el tiempo con jugar futbol en un club organizado, que perteneciera a un equipo profesional de la liga profesional.

Vivía en la colonia Santa María, zona de gran tradición, pero condenada a envejecer rápidamente, pues aunque en ella se encontraban importantes instituciones escolares, tales como el Poli de Santo Tomás y la escuela Normal Superior, la pobreza de sus pobladores y la deserción escolar, apuntaba a la migración de los jóvenes hacia otras latitudes en busca de oportunidades.

A pesar de las instalaciones de las instituciones educativas, en materia deportiva, el acceso a un pequeño de mi edad, era intermitente, pues sólo era posible cuando los estudiantes matriculados se compadecían de éste intruso deseoso de jugar futbol con los mayores.

Cuando no me trasladaba a esos campos, el futbol se desarrollaba en cualquier espacio, desde los reducidos prados de los camellones de las avenidas cercanas, hasta cualquier patio, rodeado de macetas que normalmente sucumbían ante los constantes balonazos recibidos, y que decir de las ventanas rotas, que siempre que eran impactadas, concluían la jugada y representaban una señal para emprender la huida a toda velocidad, sin voltear a ver si era posible recuperar el balón. Claro que si el balón era mío, pues tenía que dar la cara, pues aunque no podía reparar los daños, la imposibilidad de reponer el balón me obligaba a enfrentar al vecino afectado con la esperanza de apelar a su compasión y recuperar el balón.

Nunca hubo, ni en la escuela primaria a la que asistía, ni en los alrededores, alguna escuela de futbol organizada, ni mucho menos una cancha con pasto donde practicar futbol.

Pero la fortuna apareció con su sonrisa, y por azares del destino, mis padres recibieron de regalo una membresía para asistir al club deportivo hacienda, gracias a que un tío con influencias en la secretaria de hacienda tuvo en su poder, otorgar dicha facilidad a algún familiar y nos tocó a nosotros.

No estaba del todo cerca, pues estaban sus instalaciones en la colonia roma y, aunque para llegar ahí había que tomar el metro y un par de camiones, la dicha de poder acceder al deportivo hacia ver tal esfuerzo vial como algo minúsculo.

Aún recuerdo la sensación al entrar por primera vez al deportivo, todo parecía majestuoso y no sabia por donde comenzar, que cancha visitar o en que disciplinas inscribirme; no había equipo de futbol ni tampoco cancha, pero había karate, box, bádminton, beisbol, polo acuático, entre otros.

Me inscribí en toda disciplina que pude, y durante seis meses distribuí mi tiempo alternando deportes. Pero un buen día, me encontré con una convocatoria que hizo brillar mis ojos; era una convocatoria para inscribirse en una escuela de futbol, filial del equipo cruz azul de la primera división, que iba a entrenar en la cancha de beisbol del club.

Corrí adonde se encontraba mi mamá y, sin pensar en mis demás actividades deportivas en las que me había inscrito, le pedí me inscribiera cuanto antes, no fuera a ser que se cubriera el cupo en la escuela de futbol.

A la semana siguiente asistí a mi primera práctica, y aunque había jugado futbol toda mi vida, me di cuenta de que carecía de la más elemental técnica para jugar correctamente el juego.

Pero eso no me detuvo, y lejos de desanimarme, me propuse compensar mi falta de técnica, con todo el esfuerzo y actitud de la que me era posible.

Como esa escuela era filial, era de esperarse que algún día tendríamos acceso a visitar a los integrantes del equipo profesional en algún partido.

Y ese día llego, nos habían invitado a asistir a un partido del cruz azul en el estadio azteca y nos dieron la noticia con una semana de anticipación; será el siguiente sábado a las 5 de la tarde, hora en que comenzaría el partido; había que presentarse dos horas antes en determinada puerta de acceso al estadio para ocupar los lugares destinados para el equipo filial.

Toda esa semana se me hizo eterna, todas esas noches soñaba escenarios distintos donde yo participaba en el encuentro y anotaba el gol de la victoria.

Llegó el sábado y me calcé el uniforme que desde la noche anterior había preparado al grado de lustrar el calzado como si fuera a asistir a una fiesta de gala.

Llegamos al estadio, nos dieron acceso a la tribuna donde presenciaríamos el partido, con la promesa de que al medio tiempo, podríamos bajar a los vestidores a conocer a los jugadores y pedirles los autógrafos que sellaran un evento inolvidable.

Quince minutos antes de finalizar la primera mitad, nuestros entrenadores nos avisaron que nos dirigiéramos al acceso especial a los vestidores, y cuando llegamos al nivel de cancha nos dieron a mis compañeros de equipo y a mi, una noticia impactante, nos permitirían jugar en la cancha durante el medio tiempo un interescuadras.

Jamás hubiera imaginado que gozaríamos de tal privilegio, y en mi caso, aquel pequeño que soñaba con jugar en un equipo de futbol organizado en una cancha decente de pasto, ahora se encontraba en una realidad que había superado al sueño, corriendo y jugando , en la catedral del futbol en México.

Jamás olvidaré esos quince minutos.

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